De este lado sólo se perdió un partido, del otro lado se festejo como una final del mundo.

Estará, seguramente, entre las derrotas más difíciles de explicar de este ciclo. Perdió Estudiantes uno de esos partidos que reforzará el viejo concepto de que el fútbol todo lo puede. Y no porque no se haya caído en buena ley (fue justo), sino por las circunstancias: que el equipo con mejor pie del fútbol argentino se haya mostrado tan impreciso, que haya tenido a sus principales jugadores lejos del nivel habitual (le puede pasar a uno, a dos, pero a casi todos vaya si es difícil), que le haya costado generar situaciones de gol con todos sus recursos ofensivos (por más bien plantado que esté el oponente) y, acaso, que no haya pateado más al arco (un recurso que el fútbol argentino aprovecha poco), es cosa de un día. Y fue ayer. No hay otra. Sirve de prueba que en los diez minutos que Estudiantes jugó como debía hacerlo, en apenas ese tiempo, descontó y casi lo empata. Resulta que sucedió tarde.
De ningún modo esta derrota deberá desmerecer ni un poco a este equipazo. Cuatro años y medio sin perder un clásico es un número, vaya si lo es. Nueve enfrentamientos invictos asoma como inalcanzable en estos tiempos de paridad mundial. La sensación de que se perdió pero hay objetivos más importantes, cuando antes un clásico era todo o nada, son muestras de la altura de lo alcanzado. Es un traspié que aventura desde el vamos la inclinación por la Libertadores. El campeón, está claro, debe defenderla con honores.
Por Sergio Maffei de Olé.com